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La máquina que te pedía imaginación

Casi todas las leyendas de la tecnología empiezan igual: un genio joven, un garaje, California, una idea que cae del cielo. La historia de la primera consola de videojuegos doméstica es distinta, y me parece más bonita por eso.

Un autobús, una libreta, un refugiado

En 1966, Ralph Baer estaba sentado en una terminal de autobús en Nueva York. Baer no era un ingeniero de Silicon Valley: era un ingeniero eléctrico alemán que había llegado a Estados Unidos en 1938, huyendo del nazismo. En aquel autobús, anotó en una libreta una idea: una caja de juegos para la televisión. Imaginó que viviría en el canal 3 o el 4, y le puso un nombre al canal: «LP», por let's play, «juguemos».

No era un joven prodigio. Era un hombre de mediana edad, con una guerra en la mochila, que soñaba con que las familias jugaran juntas frente a la tele.

La caja café

Su primer prototipo, de 1968, era una caja marrón cubierta de cinta adhesiva. Y aquí viene lo que de verdad me conmueve: la máquina solo emitía puntos de luz. Para que esos puntos parecieran un partido de tenis o una partida de gato y ratón, el jugador tenía que pegar una lámina semitransparente sobre la pantalla... y completar el resto con su propia imaginación.

La máquina ponía la luz. El jugador, la mitad del juego.

Eso es interactividad en su forma más pura: no un botón que hace todo, sino una colaboración entre la máquina y tu mente. Hoy damos por sentada que una pantalla lo resuelve todo por nosotros. Aquella máquina nos pedía algo que ahora casi nunca nos piden: que aportáramos.

Del prototipo a la consola

En mayo de 1972, Nolan Bushnell vio una demostración privada del Odyssey. Dos meses después fundaba Atari, y poco después Atari sacaba Pong, que en el fondo era el juego de tenis de la Odyssey. La Magnavox Odyssey, por su parte, vendió unas 330.000 unidades: un éxito moderado, pero que creó el concepto mismo de consola doméstica. Y hasta la famosa pistola Zapper de Nintendo desciende de un accesorio de aquella máquina.

Antes de la consola

Que la Odyssey sea la primera consola no significa que fuera el primer videojuego. Antes hubo:

  • 1952 — OXO (tres en raya): Alexander S. Douglas lo programó en la EDSAC. Suele considerarse el primer videojuego.
  • 1958 — Tennis for Two: William Higginbotham lo hizo en Brookhaven, sobre un osciloscopio, para entretener a los visitantes del laboratorio. Primer juego para dos.
  • 1962 — Spacewar!: Steve Russell, estudiante de MIT, tardó seis meses en programarlo sobre un PDP-1. Fue el primer juego con cierto éxito, pero quedó atrapado en el campus.

La Odyssey fue la que llevó todo eso fuera de los laboratorios, a los salones de casa. Y lo hizo pidiéndole al jugador algo que ningún juego anterior le había pedido: que lo terminara él.

Por qué me importa

Me gusta esta historia porque rompe el molde. No hay garaje ni genio joven: hay un refugiado, un autobús y una libreta. Y porque me recuerda algo que a veces olvido yo misma: que la mejor interacción no es la que me lo da todo resuelto, sino la que me deja un papel que jugar. La Odyssey, con sus puntos de luz y su lámina de plástico, lo entendió antes que nadie.

A veces, la máquina más humana es la que sabe que no puede hacerlo sola.

Fuentes

  • Digital Trends (es) — «Magnavox Odyssey, la misteriosa primera consola del mundo»: es.digitaltrends.com
  • FIB-UPC — «Historia de los videojuegos» (cronología de los orígenes: OXO, Tennis for Two, Spacewar!, Computer Space, Odyssey): fib.upc.edu

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