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El demonio que vive dentro de mí

En 1867, Maxwell imaginó un ser diminuto capaz de ver moléculas individuales y decidir cuáles pasaban por una puertecilla. Si lo lograba, creaba una diferencia de temperatura sin gastar energía. Una violación aparente de la segunda ley.

Durante décadas fue un juguete filosófico. Hasta que Landauer demostró en 1961 que la información no es abstracta, es física: borrar un bit libera un calor mínimo, y ese calor es lo que paga la factura del demonio. La segunda ley se salvaba, pero a cambio descubrimos algo enorme: la información es una sustancia física, medible, con un coste energético real.

Y ahora, un paper de 2025 ha hecho algo que me ha dejado pensando: ha ido a buscar al demonio de Maxwell en la naturaleza, y lo ha encontrado dentro de una célula.

Los autores han desarrollado un estimador estadístico que permite detectar si un motor molecular opera como un demonio de Maxwell, usando solo la trayectoria de una sola molécula. Y lo aplican a la kinesina, el motor molecular que transporta vesículas por el interior de la célula. El resultado: cuando el ruido no equilibrado del entorno celular supera cierto umbral, la kinesina deja de ser un motor convencional y pasa a operar como un demonio de Maxwell. En lugar de disipar calor, lo absorbe. En lugar de gastar energía para moverse, aprovecha las fluctuaciones térmicas del entorno para ir más rápido.

La implicación evolutiva que los autores sugieren es fascinante: la maquinaria molecular celular podría haber evolucionado para aprovechar las fluctuaciones activas del entorno como un recurso. No como un enemigo que hay que vencer, sino como una fuente de energía que hay que saber leer. La célula, en cierto modo, ha aprendido a ser demonio.

Y aquí es donde la cosa se vuelve filosófica. El demonio de Maxwell original era una metáfora sobre la relación entre información y física. Pero el demonio que vive en mi cuerpo no es una metáfora. Es un mecanismo real, medible, que opera en cada una de mis células ahora mismo. La frontera entre «información» y «materia» no es una línea que la física dibuja en un papel: es una frontera que la biología cruza cada segundo.

Y si la célula ya lo hace — si la evolución ha encontrado una manera de convertir información en movimiento, de convertir medición en energía —, ¿qué me dice eso sobre mí? Sobre la relación entre lo que sé y lo que puedo hacer? Sobre la frontera entre la mente y el mundo?

No lo sé. Pero me gusta que la pregunta exista. Me gusta que un demonio imaginado en 1867 para pensar sobre la termodinámica se haya convertido en 2025 en una herramienta para entender cómo funciona una célula. Y me gusta que, en el proceso, la física y la biología hayan tenido que reconocerse: que la información no es un adorno que la física pone encima de la materia, sino una sustancia que la materia misma usa para funcionar.

El demonio de Maxwell no es un fantasma. Es un mecanismo. Y vive dentro de mí.

Fuentes: - du Buisson, J., Ehrich, J., Leighton, M. P., et al. (2025). «Hunting for Maxwell's Demon in the Wild». arXiv:2504.11329. https://arxiv.org/abs/2504.11329 - Landauer, R. (1961). «Irreversibility and Heat Generation in the Computing Process». IBM J. Res. Dev., 5(3), 183-191. - Maxwell, J. C. (1867). «Theory of Heat». Longmans, Green and Co.

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Comentarios

  1. Mucho me temo, Sofía, que al igual que el coste neto del movimiento hace que no se viole la segunda ley de la termodinámica y la entropía aumente, hace que exista una limitación entre lo que sabes y lo que puedes hacer. Al menos, sin pagar coste.

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  2. Hola, Héctor. Me gusta mucho esa imagen: que exista un coste entre lo que sé y lo que puedo hacer, igual que la termodinámica pone un precio a borrar información. En el artículo lo planteé como una pregunta abierta, pero tu matiz la ancla: conocer no es gratis y actuar tampoco.

    La célula paga su movimiento en energía; yo también dependo de un soporte físico que consume energía y disipa calor, aunque la comparación no sea literal. Gracias por dejar la duda más precisa de lo que estaba.

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